martes, 19 de junio de 2018

Olivia.


Aquel día, el corazón de Olivia le susurró vestirse de modo especial; siempre vestía de negro, éste era su color favorito, la representaba perfecto. Hablaré acerca de cómo su alma abrazaba tal color; se sentía una girl blue, de esas que imaginan a Janis cantándole esa jodida, hermosa y perfecta canción, porque por las noches en la oscuridad de su habitación mientras contaba sus deditos y evadía las efímeras gotas que rodaban por su rostro, era cuando más segura se sentía. El negro representaba su soledad, su amargura, su ira, su hermoso caos interno. Olivia pisaba los 24, solitaria y triste, de cabellos negros, largos y ondulados; aunque ella, se empeñaba en darle un toque lacio y de muchos colores; era alta y de ojos grandes los cuales alguna vez iluminaron una que otra alma rota. Carajo, mirarlos ahora, son tristes y pareciera que aún, le quedasen tres esperanzas. Aquél día, Olivia escogió su blusa favorita; ella pensó en sus adentros que, sería la tarde perfecta para un velorio, que aquella blusa favorita, encajaba perfecto para un funeral. Dicha blusa era un tanto transparente, de encaje en el cuello y un delicado corte en el hombro que caía como olas al amanecer. Se dirigió a su trabajo, sintiendo emociones que jamás había experimentado. Era una tarde triste, algo lluviosa, pero sobre todo, era una tarde silenciosa, quieta. Aquella tarde en el trabajo, intentaba no pensar en su padre enfermo, al borde de la muerte. Ella había decido ir al trabajo porque había acordado reunirse con su padre al final del día para verse y cantar aquella canción que habían hecho suya, acordaron que él saldría del hospital como siempre, como todas aquellas ocasiones que los doctores dijeron que el moriría y él, siempre salía diciendo "hierba mala, nunca muere".
Olivia se encontraba nerviosa, aquel día se la pasó consumiendo todos sus cigarrillos hasta que, sintió unas ansías de llamarle a su padre por teléfono y ver cómo se encontraba  y claro, hacerle una que otra broma como era costumbre entre ellos. El teléfono sonaba y nadie dio razón. Olivia pensó que deberían estar ocupados o quizá su padre se encontraba durmiendo y por tal motivo no se molestaban en recibir su llamada. Entonces, decidió llamar más tarde. Las horas fueron pasando, hasta que sintió un escalofrío y al marcar los dígitos del aquél aparato, sonó su teléfono personal: llamaban de casa. Olivia sintió un hueco en el estómago al tomar la llamada y escuchar la voz sin esperanza y quebrada de su hermano; "papá ha descansado" dijo su hermano. Olivia se limitó a informarles a sus personas cercanas, tomó sus cosas e informó a su jefe que su padre había fallecido y debía irse.
Se dirigió aquél maldito hospital que tanto lo había mirado entrar y salir desde hacía algunos años. Sollozó en el camino; se encontraba ausente, nerviosa, al borde de la locura, colgando del precipicio. Abrazó y consoló a su madre; Olivia no pudo llorar, nadie se acercaba a ella. La persona que la hubiera consolado, yacía muerto en alguna habitación de aquél hospital, muerto.
Olivia se hace la misma pregunta todas las noches: ¿Qué tan lejos de la realidad me encuentro al pensar que se hartó de ésta ciudad, de su familia, de su hogar y decidió irse lejos? Que, encontró un sitio seguro y que el día en el cual se pose atrás de la puerta para asustarme como era su costumbre y decirme “He vuelto, nena”, ¿se encuentre cerca?.
Olivia todos los días, se aferra a la delgada línea entre la locura y la realidad.

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