domingo, 14 de diciembre de 2014

Por siempre tuya, Alejandro.

Al final del camino, sigues siendo esa llama que consume mis adentros y que alumbra mis días sombríos, cálidos y fríos.

Espero la llegada de mil demonios para venderle mi alma y arrancarme las alas a cambio de navegar en las bermudas del mar de tus ojos, ahogarme en su vacío hasta consumir lo in consumible.

Las ganas de morir en tus labios y que tu corazón sea mi sepulcro y tu nombre mi epitafio, para hacerte partícipe de mi soledad que se envuelve en tu tristeza y cae en la comisura de tus labios.

Porque más que mariposas, son cuervos que consumen mi estómago, mis ansias; pican mis adentros y no dan lugar para otro sentimiento que no sea la inestabilidad que provocas con tu ausencia.

Y los días pasan, y me sumerjo al vacío; aquel que nunca fuimos y que jamás ocupamos. Ese que me arrastra y me aleja de tu lado, porque el mar se aleja y se lleva entre las olas los recuerdos que jamás construimos, nos aleja y sumerge al olvido, nos ahorca y asfixia sin dejar suspiros en mis noches de invierno.

Quédate en mis ruinas, no destruyen tanto; conviértelas en abismo y construye un hogar en él. Ocupa mi alma que se tornó inhabitable para cualquier entidad que no sea la tuya.

Te ofrezco aquello de lo cual carezco,  aún lo rechaces. Darte infierno y cielo, paz y éxtasis, silencio y ruido, hogar y ruinas.

Mantente cerca  y llévame del éxtasis total hasta la serenidad de mi alma; que en mi encierro, sólo  tu nombre haga eco.


Baja a mi infierno, no todos mis demonios hieren, te lo suplico. Dale paz a mi angustia, calor a mis cicatrices, veneno a mi dolor.