Odio salir de casa, de mi habitación, de mi único lugar
seguro.
Odio salir y querer regresar a los veinte minutos. Maldita
sea, ¿por qué me dejé convencer?
Odio ser una puta insoportable, reír por compromiso y sentir
más asco por mi estúpida hipocresía.
Detesto que estés de pinche rogón, pareces maricón. Pero
odio con toda mi fuerza que no me hables y no contestes mis mensajes. Odio
necesitarte.
Porque te quiero lejos, pero cuando te alejas te quiero aquí
cerquita. Quiero que me beses y acaricies mis muslos, que me tomes la mano; que
me tomes a mí misma y largarme antes de mirar tus ojos.
¿Por qué no despertaste antes que yo? Quería un maldito
café, quería charlar de la noche que tuvimos. Lo sé, me fui antes que
despertaras. Fue culpa tuya por dormir demasiado. No me gusta que duermas
demasiado.
Quiero platicar contigo toda la noche, la madrugada, al
amanecer y al medio día. Odio que no comprendas, odio que juegues igual que yo
y me quites el control.
Odio desearte y no atreverme a besarte; a cogerte y hacerte
olvidar a todas las putas que no supieron amarte.
Te odio. Pero me odio más a mí misma.
No te atrevas a hablarme. Mejor si, háblame.
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